Tema: Relatos
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Yaquiya
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Yaquiya está en el buen camino
 
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24-07-2004, 22:26:29

Muy bueno Roge! :quesi Todos los relatos tienen que ser de F1 o da igual? :confundio Bueno, os dejo el mío (nada autobiografico ni puñetas,eh?100%made in Yaqui!)
No sueñes : VIVE
Ayer me llamaron del hospital. Decían que una de las últimas voluntades de Matías era verme por última vez. Habían pasado más de cincuenta años desde que lo nuestro terminó y ya no lo había vuelto a ver más. Hasta ayer.
Me dirigí hacia el hospital de San Jerónimo y en recepción pregunté por la habitación donde él se encontraba. Una amable enfermera me guió hasta la puerta. Nada más entrar el mundo se me vino encima. Ahí estaba él, mi primer (y único) amor verdadero, aquel por quien yo sufrí tanto y derramé tantas lágrimas, ahí estaba postrado en una cama. Estaba conectado a un respirador artificial, con cantidad de tubos recorriendo su frágil cuerpo. Cogí una silla y, dejando con cuidado mi bastón en el suelo, me senté a su lado.
Con una débil voz preguntó quién era yo, pero no pareció entender mi respuesta, pues siguió preguntándolo una y otra vez hasta que se durmió. Entonces aproveché para mirarlo de arriba abajo y estremecerme: nada quedaba ya de aquellos musculosos brazos que en su juventud lucía bajo una camiseta blanca de tirantes, ahora sólo había huesos recubiertos por una fina (muy arrugada pero fina) capa de piel amarillenta; tampoco había rastro de aquel torso moreno y trabajado que llevaba de cabeza a todas las chiquillas de la época (entre las cuales me incluía yo), simplemente era un saco de costillas con una cicatriz en el centro, posiblemente de un marcapasos; su abundante pelo rizado y rubio que en sus años mozos había sido la envidia de los demás chicos del pueblo se había vuelto blanco por el paso de los años y ya no quedaban más que cuatro o cinco pelos esparcidos por su cabeza... Entonces mi vista se detuvo en su cara: aquel hombre que yo conocí muchos años atrás tenía unos labios carnosos (tanto que parecía que llevaran escrita la palabra “bésame”), unas mejillas rosadas, una barbilla puntiaguda pero elegante y, a veces, una incipiente barba para dar un aspecto más varonil... ¡Todo había desaparecido! Sus labios se habían tornado una fina línea, casi inexistente que discurría entre su nariz y su barbilla, si bien antes puntiaguda, ahora redondeada y con una gran papada debajo, sus mejillas eran casi inexistentes ya que se le marcaban todos los huesos. Su cara era la viva imagen de una calavera. De pronto, él abrió los ojos. Quedé muy impresionada. Pese al paso del tiempo, nada había cambiado en ellos. Quizás habían perdido un poco de brillo, pero mantenían aquel toque misterioso de su juventud. Aquel tono entre intrigante y arrogante que me volvía loca...
Entonces entró la enfermera que me había acompañado hasta su puerta. Me preguntó si era familiar de Matías y al contestarle que era una vieja conocida de su juventud, se quedó muda. Dijo que era casi imposible debido al avanzado estado de su enfermedad (Alzheimer), porque él mismo ni se reconocía delante del espejo que hubiera pronunciado mi nombre y apellidos con tanta lucidez como lo hizo. Dijo, también, que yo debía haber marcado un lugar muy especial en su corazón. Le pregunté si Matías tenía familia y muy amablemente me contestó que no, que los vecinos habían llamado a la ambulancia tras varios días sin oír ruido alguno en su casa. Cerró la puerta tras de sí al irse.
¿Quién se lo iba a decir a Matías en sus años mozos que iba a morir solo? Él que siempre estaba acompañado de bellas muchachas dispuestas a darlo todo por él; él, que cuando se cansaba de ellas daba una patada a una piedra y aparecían cientos de chicas revoloteando a su alrededor; él, que era incapaz de mantener una relación seria durante más de un mes; él... ahora moría solo. Yo misma fui una de aquellas chicas que lo perdieron todo por estar con él. Nos embaucaba contándonos mil y una historias (quien sabe si ciertas o no) y prometiéndonos la luna y el sol. Pero una vez habíamos abandonado todo (familia, ciudad...) por él, nos decía que debía partir por motivos de trabajo pero que no nos preocupáramos porque nos escribiría cada día, que nuestro amor iba más allá de cualquier frontera y que cuando él volviera, ya nada nos separaría. Y ahí nos quedábamos nosotras, pobrecitas ilusionadas y enamoradas, esperando que él volviera, manteniendo viva la esperanza que algún día volvería, pese a lo que decía todo el mundo. Sé que no sólo me pasó a mí porque luego aparecieron más chicas de mi localidad a quienes les había pasado lo mismo. Personalmente, yo perdí quince años de mi vida esperarándolo, porque una parte dentro de mí me decía que no hiciera caso a los demás, que lo único que tenían era envidia de nuestro amor y sólo querían separarnos, y que él volvería. Pero no lo hizo. Y yo fui envejeciendo hasta llegar a los treinta y cinco. Seguía profundamente enamorada de Matías y seguía alimentando mi ilusión y fantasía. Tenía a mí alrededor algunos pretendientes que me amaban realmente, pero yo seguía obstinada en que él volvería tarde o temprano. Terminé casándome (no enamorada, más bien por obligación) con un chico de mi misma edad y de mi pueblo que estaba locamente enamorado de mí, pero que al principio yo no supe verlo. Nuestro matrimonio se basaba en las tareas domesticas propias de cualquier mujer de la época
y el respeto de mi marido. Con el tiempo llegaron los niños y empecé a ver a mi marido de otra forma. Me sorprendía que una persona aguantará tanto sólo por amor. Entonces me di cuenta que estaba siendo muy egoísta y que yo le estaba haciendo a él lo mismo que Matías a mí: lo ignoraba, aún sabiendo que estaba perdidamente enamorado. Nuestra relación empezó a cambiar para mejor. Envejecimos juntos y criando a dos maravillosos niños y cada vez el sentimiento que sentía por él era mayor, pero nunca se podría comparar al que sentí durante tanto tiempo por Matías. Mi marido murió el año pasado víctima de un cáncer, pero lo hizo amándome hasta el último momento, cuando pronunció “Siempre te he amado y siempre te amaré” en su lecho de muerte. En ese momento, me sentí la persona más ruin y egoísta del mundo por no haberle correspondido en los primeros años y en pasarme gran parte del tiempo pensando en Matías. Pero el siempre lo entendió y mantenía la esperanza que algún día sentiría algo por él. Y ese día llegó, pero tarde.
Inmersa en mis pensamientos, oí una especie de pitido muy agudo. Algo no iba bien. De pronto el pitido se hizo continuo y no se paró hasta que entró un médico. El médico ratificó la hora de la muerte, tapó a Matías y lo sacaron de la habitación. En ese momento no sentí dolor, sólo pena. Pena por él, por la forma como había acabado. Pero bien mirado cada uno acaba como se merece. Con el tiempo me he dado cuenta que pretendía aparentar mucho pero que en el fondo era un desgraciado. Un desgraciado que se llevó muchos años de mi vida, pero que también me dio muchos años felices, primero lo que duró nuestro romance (no hay nada más bonito que estar enamorada, lo malo es no ser correspondida) y luego, porque gracias a él, acabé casándome con Juan, mi marido.
Para terminar, permítanme una pequeña reflexión: nunca des tu vida por alguien que no se lo merece y haz caso de tus familiares y amigos, que son los que verdaderamente te quieren y se preocupan por ti. No idealices en exceso a una persona, porque luego se puede caer del pedestal y habrás malgastado una parte de tu vida. Soñar es bonito, pero se acaba convirtiendo en una tortura que te ata a lo largo de los años; no sueñes: VIVE
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