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23-04-2005, 17:12:14
originalmente dedicado a una buena amiga, que no creo que se oponga a que comparta esta pequeña cosita con el foro
Cristina y la playa.
Un día en el que había mucho ruido en el aire de la ciudad, Cristina descubrió que los besos de su amado no le sabían a nada. Sin embargo, ella le amaba, pues había bautizado todas las estrellas con su nombre. Como ella no podía imaginar un amanecer sin él, partió en busca de una solución. Sin dudarlo, una mañana le dejó una carta en la almohada dorada por el sol naciente, y se marchó a buscar la respuesta a su problema.
Muchos días después llegó al fin del mundo, a un reino lejano del que nadie había oído hablar, donde las torres no eran de cristal, sino de caramelo, donde las escaleras conducían a nidos de águilas y donde las personas nunca tenían prisa por ir a ninguna parte. Los edificios no tenían puertas cerradas, pues nadie robaba a nadie, ni existía la policía, ya que nadie odiaba a nadie.
Al salir de la ciudad, Cristina, dulcemente cansada, caminó sin saber a donde, sin buscar ya nada especial. Y por ello encontró a un joven vestido con un largo abrigo negro en la playa. El joven, que no se volvió a mirarla, tenía los ojos tan negros como el atardecer de las colinas de la Tierra Lejana, aquella donde el Rey de los Ciervos tenía su corte de marfil y plata.
Lo miró como se mira a un desconocido, pues nunca lo había visto. Y, sin embargo, algo de él le resultaba conocido. Lo miró, pues, como aquel que espera un encuentro que le ilumine el día y que sólo encuentra misterios que le velan el sueño. A lo lejos, las chimeneas vertían su vómito de humo entre toses de alegría a un cielo cada vez más cercanos, mientras se derrama el día por las paredes y niños descalzos jugaban con los ángeles, que bajaban del cielo para acariciarles con sus alas.
El joven no la miró, sino que continuó poniendo nombres a las olas que se le acercaba mansas y tiernas en aquel desolado paraje de arena y viento. En ese momento, se volvió y la miró, y una sonrisa asomó en su rostro cansado.
Y entonces Cristina escuchó como el sonido, como el ruido en el aire dejaba de batir sus alas, mientras en el mar no había ya peces que encontrar.
Porque él la había mirado.
-¿Qué tengo que hacer para que el amor no muera nunca, para que no termine jamás? –preguntó ella. Mientras tanto, el viento acariciaba tiernamente sus mejillas, pues el viento se había enamorado también de ella.
Al principio el joven no la contestó. Continuó poniendo nombres de mujer a las olas, con las manos enfundadas en sus negros guantes, con la pena oculta en sus negros ojos, con el cuerpo envuelto en sus oscuros ropajes, pues, pese al calor, él estaba frío. Al cabo de un instante, sin volverse ni mirarla, contestó:
-Nunca dejes que caiga el amor en el vacío del olvido. Recuérdate, recuérdale cada día que le amas. No dejes que la cuenta de besos regalados se ponga en números rojos.
Y así se puso el sol. Y hubo tarde y noche, día primero.
El amanecer sorprendió a Cristina paseando por la playa, jugando con sus pies descalzos con las olas, cuando, a lo lejos, vio al misterioso joven, que estaba poniendo nombre a las nubes. Pudo ver sus ojos, y durante un segundo pudo adivinar su pena, pero pasó una nube, le cubrió, y ella olvidó lo que estaba pensando.
-¿Qué tengo que hacer para que el amor no se extinga, para que siempre quiera estar con él?- le pregunto mientras se acercaba. Tras una pausa, él, sin mirarla, concentrado en el ruido del mar y en las formas de las nubes, replicó:
-No dejes que la epidemia de la tristeza ponga enfermo tu corazón ni el suyo, ni que el ruido de la ciudad apague el latido de tu amor en su corazón. No bajes la cuesta del olvido de su mano ni de la de nadie –Entonces se volvió a mirarla y ella pudo ver sus ojos y su sonrisa-: huye del silencio envenenado y compartido, de los gemidos animales y de los mentirosos.
Y así se puso el sol. Y hubo mañana y tarde, día segundo
La siguiente tarde Cristina estaba tumbada tomando el sol, cubierto tan sólo su cuerpo por el ala invisible de un ángel. Al levantarse y vestirse, vio a su anónimo joven mirando como siempre el mar. Esta vez, sin embargo, no hacía nada. Tan sólo la esperaba.
-¿Qué pasa si sus labios ya no saben igual? –le preguntó ella, mientras se ponía una camisa que apenas ocultaba sus piernas, doradas por el sol, bellas como un junco.
El se volvió hacia ella, sorprendido, y sus ojos se miraron por primera vez, sin que se negaran nada. Y ella le miró como si nunca hubiera visto un atardecer, como si el sol de manzana no hubiera jamás acariciado su piel una tarde de primavera, mientras un tren de gaviotas cruzaba la pradera de desolados silencios de ventanas mudas.
El se acercó a ella sonriente, y cuando estuvo a su lado, le dijo...
-Con esto nunca se marchará de tu lado. Nunca buscará un tranvía ni una nueva estación...
mientras dibujaba con su dedo un delfín en la palma de la mano de ella...
-ni querrá irse a ninguna parte que no sea tu boca...
mientras dibujaba con su dedo una paloma en su mejilla,
-si le besas así como yo te voy a enseñar.
Así halló Cristina el secreto que buscaba. Regresó a su casa, trepando por los recuerdos, y regresó a su amado y a su jardín, a su casa con miles de ventanas y a los amaneceres compartidos, mientras las aceras sufrían de esa epidemia que sólo mata a los locos y a los solitarios.
Lejos, muy lejos, perdido en el delfín dibujado en la palma de su mano, quedó el recuerdo de una playa, de unos días, de un joven vestido de negro, y de un atardecer.
ya me direis que os parece
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