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16-05-2005, 18:07:23
Lo prometido es deuda
No ha mucho que soñé lo siguiente:
Ah, por cierto. No. Annette Benning no es mi fetiche erótico. Avisad@s sus quedais.
Et in Arcadio Ego
Y, de repente, en mitad de aquel silencio, Nuestro Señor se hizo carne y se metarmorfoseó en Annete Benning.
"Joder -pensó el perplejo y estupefacto protagonista de esta narración-. Seguro que esto lo cuento en la oficina y no me creen".
Unos instantes antes...
A lo lejos se podía ver la larga columna de penitentes que se dirigía hacia la iglesia, bajando en procesión por la nevada ladera de la colina. Era una eterna hilera de fieles que parecía no tener fin y brotar como una fuente de la cima nevada. El ruido de sus pisadas en la nieve quedaba amortiguado por los cánticos religiosos que elevaban al cielo, rodeados del humo que los incensiarios de los penitentes llevaban consigo. Y, en medio de aquella humanidad, se hallaba él, portando una cruz como si fuera el estandarte de una antigua legión romana.
El recinto de la iglesia era frío, tan helado como la nieva que cubría el exterior. Las velas arroajaban una amarillenta y fea luz sobre la trementa claridad del altar, y robaban reflejos de oro y púrpura del barroco pandemónium que diversos artistas mercenarios se habian afanado a acumular apresuradamente a lo largo de los incontables siglos precentes
De repente, la atmósfera mística se quebró como el cristal cuando un niño, impecablemente vestido para su primera comunión (con su corbatita, sus pantalones cortos en aquel calurosamente gélido dia invernal, sus gafas de sol que impedían ver sus ojos estrábicos y perversos) se subió de un salto al altar mayor y, cantando a plena potencia con su chirriante voz infantil "Just a gigoló", se puso a mover las caderas, mientras unos zapatos rojos con tacón de aguja aparecían por arte del diablo (como mínimo) en sus diminutos pies. Nadie pudo asegurar después como ni cuando, pero de repente un enorme collar de perlas, largo como un puente de la constitución, se enroscó alrededor de su cuello infantil, y así el niño comenzó a menearse y contorsionarse como si estuviera poseído por la fiebre del sábado noche. Su madre, por supuesto, pálida cual fantasma, contemplaba la escena con tremenda congoja, incapaz de decidirse entre estrellar su mano bien abierta en la cara de su retoño bailón o desmayarse para despertarse cuando todo hubiera pasado.
Las velas, mientras tanto, seguían iluminado, y yo podía ver como el juego de luces y sombras convertía la cara de San José en la de un peligroso serial killer. "Joder como está el patio" murmuró una vieja santiguandose. De repente, una tremenda mano con cinco dedos enormes cruzó el aire, y el niño bailón salió disparado hacia el suelo. La mano, la del cura, hizo la señal de la cruz, y los feligreses comenzaron a sentarse en su sitio. En fin, la vida seguía tranquila su curso inconsciente.
Yo, al comenzar al misa, aún seguía de pie, indeciso entre sentarme o irme, cuando, de repente, mi pié izquierdo resbaló al pisar la toca de una vieja homicida y, perdido el sentido del equilibrio ("Madre, que me la pego!!", pensé), el contacto con el suelo ("Joder, que me la voy a pegar bien gorda!!", me dije) y el sentido del ridiculo aullé:
-Ostia! Que me mato!
Y me caí, por supuesto.
El trompazo fue brutal, pues rompí con la cabeza dos de las tremendas lápidas que habían sido reutilizadas para dotar de firme la nave central. La gente, más furiosa por el destrozo lapidario que por el daño sufrido por mi pobre cabeza, se levantó con ciertas intenciones perversas y poco cristianas hacia mi. Yo, incomodo como un parróco en una reunión de abortistas, sangrando además, e incapaz de salir por piernas, vi como la humanidad reunida para la misa en aquel santo lugar se aproximaba a mí dispuesta a proporcionarme una intensiva lluvia de manporros. El cura, con ojos inflamados por la colera (quiero pensar que era la colera y no alguna substancia alucinógena), estaba preparado para darme la extremaución con la cruz enorme que llevaba en sus manos y que le daba un cierto aire de sota de bastos.
El niño bailón, recuperado el sentido, se encontró cara a cara con el culo del cura. Su dulce carita de cabroncete fue iluminada por un rayo que atrevesó la vidriera que retrataba a San Jorge matando al dragón. El niño se dijo que a falta de dragón, bueno son culos de curas, por lo que clavó su dentadura de leche (de mala leche, creo) en la eclesiasticas posaderas. Eso pareció confirmar a la gente en su creencia en que yo era un agente del demonio, por lo que comenzaron a arrearme con todas sus perversas fuerzas, por lo que recibí más palos que una estera.
"De esta no sales", me dije, mientras me intentaba ocultar debajo de uno de los bancos de la iglesia. De repente, los golpes cesaron cuando una cegadora luz iluminó la nave de la iglesia. El silencio fue brutal, tan brutal como los palos que yo había recibido, pues a mi lado se hallaba Nuestro Señor Jesuscrito que, severamente pero con dulzura miraba a sus violentos hijos. Sin mediar palabra, su mano etérea se posó en mi hombro y otro cegador resplandor y me sentí transportado...
a un WC público. A mi lado ya no se hallaba Jesus, sino Annete Benning en su gloriosa carne, apenas cubierta por aquellas blancas vestiduras que le iban enormes y que casi dejaba al descubierto una redonda parte de su anatomía. Mi cara debía ser un poema, pues no entendia nada. De repente, ella sonrió picaramente, me giñó un ojo y me dijo
-Menuda sorpresa, verdad?
-Ya te digo -le respondí-. Estás mucho mejor sin barba, pero que mucho mejor, donde vamos a parar, desde luego, hay que ver lo que mejora un afeitado...
Y Annette Benning se puso a reir.
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